miércoles, 17 de marzo de 2010

Cerebros pequeños


Era una habitación pequeña. Había una cama, respaldada de una ventana medianamente grande, de la cual colgaban trapos que podrían llamarse cortinas. Estaban roñosas y despedazadas.
Nos acompañaba una gatita siamesa que brincaba de pared en pared, como si fuera el hombre araña, y de a ratos saltaba por la ventana. Nunca mire para afuera, pero sabía que era un lugar alto.

A los segundos de haber saltado, la gatita volvía a estar en la habitación, parada en dos patas y sonriendo. Parecía un lemur. Seguía brincando, y volvía a saltar por la venta, así sucesivamente.

A nosotros nadie nos quería cerca. Estabamos en esa cueva/habitación porque teníamos piojos, y las personas no se querían contagiar, y nos alejaban, y nos encerraban, y nos discriminaban. Nunca se abría la puerta.

Nos mirabamos el uno al otro, nos amábamos, y pensabamos:

“qué tonta la gente, cómo puede encerrar a alguien por algo tan estúpido. No importa, nosotros no somos estúpidos, nos amamos a pesar de tener piojos, ¿o será que es tan grave? Yo no creo, estoy bien, ¿vos estás bien?”

Y esa era la pregunta que merodeaba la habitación contínuamente: ¿vos estás bien? ¿estás bien? ¿Fran, estás bien? Día y noche, noche y día, tiempo infinito, no estaba definido.

Una rutinaria tarde sentimos fuertes ruidos fuera de la habitación. Estallidos, explosiones, estruéndos. Como sea, había flor de caos ahí afuera. No nos animamos a asomarnos a la puerta.

Nos acurrucamos en la otra punta de la habitación, sobre la cama, hasta que la puerta se abrió y apareció la madre de Fran, corriendo, agitada, cerrando la puerta muy de golpe y escondiendose con nosotros, pero no junto a nosotros (por los piojos, claro). Nos hablaba alejando su cabeza de las nuestras, mientras nos explicaba que afuera había una invación extraterrestres (y qué lindos los extraterrestres, me daban ganas de dibujarlos), los mismos que aparecían en la serie de los Power Rangers (se suponía, pero no eran los mismos). Si. Los Power Ranger existían, y sus extraterrestres también, solo estabamos esperando su llegada, para que nos salvaran.

Los extraterrestres entraron a la habitación como unas diez veces, siempre ametrallandonos, y nosotros muriendo. Pero cuando se iban, los agujeros de las balas desaparecían de nuestro cuerpo, solo quedaban las manchas de sangre, y nosotros seguiamos vivos, como si nada hubiera pasado.

Llegaron los Power Rangers, cinco horas después (o más), y mandaron (a patadas, pelliscones, dedasos en los ojos, mordeduras, piñas, cachetazos, zangadillas y bailes extraños) a los extraterrestres de vuelta a su planeta.

Fran y yo estabamos bien, y felices de que, como los extraterrestres habían roto la puerta, ahora podíamos salir al mundo.

Nos dimos cuenta de que la ventana no era alta.

Yo me quede en la habitación, aún tenía miedo de salir a la realidad, sentía que había pasado demasiado tiempo allí adentro.

Fran salió enseguida, dijo que iba a comprar leonesa y volvía. Pasaron las horas y no llegaba, entonces yo, desesperada, salí a buscarlo.

Cuando atravesé la puerta, el sol me cegó, no podía ver claramente, solo un resplandor atomizante blanco, que no me dejaba distinguir el paisaje. De a poco fui recuperando la vista, y me vi frente a una gran casa de Carrasco, enorme y ricachona. Me apresuré hacia el portón y salí a la vereda en busca de Fran.

En el camino me encontré con Pablo y Nicolás, dos amigos del liceo, y venían contentos porque un narcotraficante les había regalado un ladrillo de cocaína. Era como la grasa envasada al vacío que te venden en los supermercados, pero adentro tenía cocaína. Me lo mostraron contentos de la plata que iban a hacer vendiéndola, y justo cuando la sacaron de la mochila para que yo la viera mejor, pasó un plancha y dijo que él iba a querer que le diéramos un poco, para los de su barrio y no se qué más. Pablo le corto, con un cuchillito, un pedazo de piedra de cocaína (realmente parecía grasa animal envasada al vacío), y el plancha dijo que no era suficiente. Mi amigo lo mandó a cagar, le dijo que los de su barrio eran unos giles, que se manejaran, y el plancha se fue, quemado. Guardamos la cocaína (grasa) en la mochila, y cuando dimos vuelta por una vereda vemos al plancha junto a muchos amigos que venían dispuestos a todo por obtener la piedra entera. Se armó la pelea. Yo intentava que dialogaran, pero era imposible. Cuando volví a mirar, en la pelea también estaban mis hermanas y sus amigas chetas, que peleaban porque querían pegarle a planchas porque estaban hartas de la inseguridad y no se que más (algun lema choto del partido de Qki).

Se puso feo, sacaron cuchillos. Yo corrí para adentro de la ricachona casa de Carrasco en busca de Fran, para que me ayudara a calmar las aguas, pero Fran seguía sin aparecer. En cuestión de segundos cayeron todas las chetas a la casa, a refujiarse. Todas cortadas, quejándose y con miedo, pero a la vez ganas de seguir metiendo lío. Abrí la puerta de la habitación y todas entraron. Más tarde aparecieron a refujiarse Pablo y Nicolás, cortados, pero contentos porque tenían la piedra entera.

Enojada con todos, por haber sido tan idiotas, le quité la piedra a mi amigo, y la dividí en dos partes. Salí de la habitación. Cruzé el portón. Caminé por la vereda hasta que encontré a la gente con la que se habían peleado. Me insultaron, me mandaron a pasear, me dijeron que quién me creía por vivir en esa casa y despreciarlos a ellos cuando eran mucho mejor gente que nosotros. Dejé que descargaran su furia. Cuando terminaron de hablar/gritar, les dije que habían sido todos, ambos grupos, muy idiotas. Que las cosas eran fáciles, pero hicieron cualquiera. Acá está la solución que nunca supieron ver, ni ustedes ni mis amigos. Y les di la mitad de la piedra. Siguieron rezongando y les dije, que yo me iba a la mierda, que no quería tener más que ver con rivalidades estúpidas. Que a mi me tocó nacer en esa casa y no es mi culpa, pero ¿qué creían? Que yo iba a vivir toda la vida ahí? No, yo crecería, y me iría, y viviría en una casa como la de ellos, porque mientras la gente viva en ranchos de lata, me parece asquerosamente egoísta vivir en mansiones de lujo. Yo no soy así. Les expliqué que todos allí dentro habían sido egoístas y prejuiciosos. Yo solo quería paz e igualdad entre las personas para que se acabara con esa rivalidad al pedo.

Y Fran no volvió.