Había una vez, en el medio del océano, una montaña alta y delgada, lejos de la tierra y muy cerca del cielo, llamada Hosmeade.
Ésta montaña la habitaban mil doscientas treinta y dos criaturas, que eran como personas pero sus pieles variaban entre los colores del arco iris.
Si bien la montaña era de rocas y tierra, parecía hecha de las mismas casitas que éstos habitantes construían, ya que se encontraban una pegada a la otra, como encajadas en un puzzle multicolor, lo cual le daba una visión agradable desde lejos, por su colorido, pero de cerca invadía una sensación de superpoblación, pero no como una superpoblación de cualquier lugar, ésta era agradable, no molesta, radiante de buena energía.
Los habitantes compartían todo entre sí. No existían los secretos ni las peleas entre ellos. Sus relaciones se basaban puramente en el respeto, la paz y el amor, tres cosas fundamentales para vivir felices.
A los costados de la montaña, además de las casas, se encontraban caminos angostos que daban la vuelta a la montaña, de arriba hacia abajo, para que los habitantes pudieran subir o bajar cuando quisieran más fácilmente que escalando.
En el centro de la montaña habían parques llenos de árboles frutales de los que todos se alimentaban. También tenían huertas por doquier, cultivaban deliciosas verduras, y cuando brotaban las intercambiaban entre sí probando de todos los tipos.
En estos parques se dedicaban, la mayoría, a hacer esculturas en arcilla, talla en madera, creaban instrumentos, lo cual siempre hacía que hubiese alguien tocando y alegrando con música el parque. Dibujaban, pintaban, escribían poemas. Básicamente explotaban al máximo sus dones artísticos, porque sabían que todas las personas poseen uno, y que con el tiempo y la experiencia se van perfeccionando. Nadie nacía sin un don artístico en Hosmeade.
Compartían largas tardes creando y recreando.
Los niños se divertían mucho jugando con, y en, la naturaleza. Eran los mejores amigos de las mariposas. Amaban correr junto a ellas y apreciar sus admirables colores.
Por las tardes, niños, bebés, jóvenes, adultos y ancianos, de todos los colores, ejercían variadas actividades uno al lado del otro, sin conflicto, felices, con solidaridad.
En una mañana de Abril, un niño azul y una niña roja caminaban por un angosto camino, subiendo hacia el parque central, donde verían a sus amigos para jugar.
Se llamaban Bleu y Rouge, casualmente como sus colores, pero en francés. Ambos sentían un inmenso cariño del uno con el otro, y cuando el cariño era inmenso en Hosmeada, era porque habías encontrado la criatura con la cual pasarías el resto de tu vida, compartiendo absolutamente todo, dando tu vida por el o ella, haciendo cosas que jamás creíste que harías por alguien. Era amor eterno.
Mientras subían la montaña, vieron venir desde lejos pájaros enormes. Al principio no distinguían bien qué eran porque en sus picos traían rocas gigantes, lo cual les deformaba el aspecto de ave normal (a pesar de medir 1 Km. de largo y 1/2 de alto, eran como cualquier otro pájaro). A medida que se acercaban a la montaña, Bleu notó en sus ojos algo extraño, no tenían su forma común, dentro de las pupilas se les dibujaban espirales que giraban en sí mismos dando el efecto de algo creciendo en su interior.
Rouge lo tomó de la mano y corrieron hacia el parque, donde seguramente se encontrarían con muchos habitantes para advertirles de que algo extraño estaba sucediendo.
Cuando llegaron al parque anunciaron lo que vieron, y todos se asomaron rápidos y curiosos al borde de la montaña para verlo con sus propios ojos.
Confundidos y sin entender, los habitantes se preguntaban qué estarían haciendo esas aves. Los más ingenuos creyeron que estaban haciéndose un nido de rocas, pero al cabo de segundos, más de veinte aves con rocas en sus picos rodeaban la montaña como esperando algo, y ese algo fue un fuerte grito de "¡Ahora!" que provino de muy arriba, más allá de la montaña. Fue un grito que marcó un antes y un después en Hosmeade.
Una lluvia de rocas destrozó casas, árboles, y todo lo que hubiera a su paso luego de la caída, incluyendo criaturas.
Bleu y Rouge, sin comprender lo que pasaba, se escondieron bajo un banco de la plaza, ignorantes del peligro que corrían allí abajo. Los demás habitantes hacían básicamente lo mismo, esconderse bajo cosas que en cualquier momento podrían ser fácilmente aplastadas, o corrían. Tampoco daba para hacer más, pero lo que hacía que actuaran de esa manera era que toda su vida estuvieron tan ajenos a las malas intenciones que ya casi habían olvidado lo que eran, qué era la maldad, por eso no comprendían qué era lo que querían hacer los pájaros arrojando rocas, destruyendo su montaña. Qué les habrían hecho, pensaban algunos, buscando explicaciones. "¿Por qué?" gritaban otros sin comprender.
Al cabo de una hora la lluvia de rocas terminó. Bleu y Rouge, milagrosamente, sobrevivieron debajo del banco de plaza, y cuando levantaron sus cabezas al no oír más estruendos, se llevaron la peor imagen de su vida. Era la miseria al extremo. Había barro de las casas, destrozado en infinitos trozos por doquier, árboles quebrados, y criaturas aplastadas por todo tipo de elementos grandes que allí se encontraban. El impacto que les causó ver a sus seres más queridos muertos bajo inmensas rocas, aplastados como toallas, y por algo que fue causado, y no natural, los shockeó sin dejarlos emitir un solo sonido.
Bleu tenía los ojos como piedras, no los podían cerrar; los de Rouge parecían dos cataratas inexpresivas que largaban torrentes de agua salada.
Los sobrevivientes a tal catástrofe se reunieron en un hueco de la plaza donde había espacio libre, sin escombros ni muertos, a mirarse, sin decir nada. Se miraban con miradas perdidas, hacia ojos perdidos, sin mirar realmente. Eran aproximadamente unas que doscientas criaturas.
Durante la tarde se dedicaron a recoger a sus amigos y parientes fallecidos, y lanzarlos al mar como siempre habían hecho con sus muertos, envueltos en una enredadera de hojas, con un ramo de flores atado en las manos.
Nunca antes habían trabajado tanto en un día, pero la impotencia que sentían no los dejaba estarse quietos, no podían dejar un minutos más allí tirada a esa gente, sentían que su deber era proteger lo que quedaba de ellos, dándoles una cálida despedida como todo ser vivo se merece.
Junto al atardecer, cayeron más pájaros gigantes, pero esta vez sin rocas en los picos, lo cual alivió un poco a los habitantes de la montaña, pero de todos modos les inquietó su acercamiento acelerando sus corazones.
Como antes de tirar las rocas, rodearon la montaña, y uno de ellos asomó su pico al borde del camino, y por su espalda, cuello, cabeza y pico, se deslizó un hombre petiso, calvo y panzón, que vestía un tapado negro hasta el piso y botas en punta (negras también).
Tras éste bajó una tropa de soldados (hombres vestidos de color verde seco, con armas en sus cinturones y frías expresiones) que se formó al borde del camino obedeciendo las órdenes del hombrecito panzón. Éste, tras carraspear su garganta, alzando la voz gradualmente fue llamando a los habitantes de Hosmeade a que se acercaran a donde él estaba. Enseguida reconocieron su voz, nada más y nada menos que la del mortífero grito de "¡Ahora!"
La reacción de los habitantes fue la de quedarse donde estaban, semi-escondidos, por miedo a cualquier cosa que podría llegar a hacerles aquel hombre que se había atrevido, rompiendo toda ley natural del respeto y el amor, a matar despiadadamente miles de criaturas y destruír su hábitat natural.
Pero tras el noveno llamado, su voz se tornaba más dura, y sus amenazas aumentaban:
"Es la décima y última vez que les ordeno por las buenas que vengan hacia aquí. Si no obedecen tendré que sacarlos por la fuerza, y se arrepentirán."
Folí, un habitante naranja, indeciso pero arriesgado, pegó un salto y llegó al lugar donde el hombrecito los llamaba. Los demás, al ver que a éste no le ocurría nada lo siguieron tímidamente, y enseguida se reunió la población de Hosmeade frente al hombrecito.
Con una sonrisa soberbia recorrió los rostros de cada una de las criaturas que delante de él se posaron temerosas.
Se paró rígidamente, con las manos en la espalda y comenzó su discurso:
Aldeanos: les comunico que a partir de hoy
ésta montaña me pertenece, es de mi propiedad.
Y todo lo que aquí se produzca será mío.
Ustedes son míos, sus vidas me pertenecen.
De ahora en más deberán obedecer mis órdenes
que serán ejecutadas por mis soldados,
quien no las obedezca será torturado,
y en caso de nuevamente desobedecer
será ejecutado sin derecho a palabra...
El discurso duró unos largos minutos, en los cuales habló de la repartición de la poca comida que él les administraría a cada uno de los habitantes por semana.
También les mencionó que de ahora en más iban a trabajar día y noche, sin cesar. Y lo peor de todo, odiaba los colores, por lo tanto no los dejaría jamás estar de manga corta o mostrando algún pedazo de su piel, deberán usar caretas y overoles que les tapen su colorida y hermosa piel.
Y así fue como con el tiempo, en Hosmeade, las criaturas se fueron volviendo grises e infelices. El paisaje también gris, una montaña en ruinas, con enormes fábricas largando humo negro, donde día y noche obligaban a sus habitantes a trabajar a cambio de una mísera porción de comida para el trabajador y su familia, que vivían en ranchos de hojalata.
Bleu y Rouge crecieron en esa miseria, pero juntos, lo cual les alivianó un poco la cabeza. Dormían bajo un techo de hojas que habían construido con esfuerzo. Tenían quince y dieciséis años, estaban muy débiles y delgados, llevaban una mala alimentación.
Rouge trabajaba de día, y Bleu de noche, ambos en la misma fábrica de bolsas de nylon "Kall", en las mismas pésimas condiciones: encerrados, alienados, sin respirar aire puro, haciendo un trabajo mecánico como si fuesen máquinas en lugar de seres vivos con sentimientos.
La relación entre los habitantes de Hosmeade ya no era como antes, ahora muy rara vez se hablaba con alguien que no fuese un pariente cercano, porque los soldados no dejaban que los habitantes se reunieran y compartieran ideas, por temor a que se rebelaran contra el hombrecito, entonces cada vez que alguien intentaba hablar con un habitante que no fuese su esposa, hijo, padre o madre, se los separaba y amenazaba.
(Si bien no existía el casamiento en Hosmeade, las personas encontraban su pareja eterna, lo cual se consideraba como esposo o esposa)
En las madrugadas, cuando Bleu volvía de la fábrica, Rouge lo esperaba despierta, y apreciaban las últimas estrellas de la noche, melancólicos. Cada vez que las miraban sentían que algo más allá de la montaña los podría ayudar a escapar de esa pesadilla.
Era un día normal, o mejor dicho, como todos los días, y Bleu estaba sentado en la fábrica con un largo trozo de nylon que le habían mandando a grabar, con una pluma, el logo de "Kall". Mientras lo bordaba iba atardeciendo. Las tardes eran más largas en verano, y el podía apreciar la puesta del sol a través de una pequeña ventana polvorienta de la fábrica. A través de ésta, vio a lo lejos una montaña en el océano, como Hosmeade, pero más baja y ancha, sin fábricas y con pasto. En la sima se podía distinguir una torre gris, pero no daba señales de que hubiese nadie habitándola.
Con esperanza, todos los atardeceres Bleu miraba la montaña, como esperando que algo o alguien respondiera a su mirada, que era una petición, un pedido de ayuda, una escapatoria.
Cuando caía la noche ya no se veía mas nada, la misteriosa montaña no tenía luces, por lo visto no tenía nada, o eso se quería dar a entender.
Una noche rutinaria en la fábrica, Bleu llevaba de un lado a otro cajones con bolsas, cuando de repente, al pasar por la ventana, notó una luz en el mar. Se detuvo, pero luego se auto convenció de que era una luciérnaga. Sabiendo que un sentimiento lo arrastraba a creer que allí había algo esperanzador, no quiso hacerse ilusiones en vano, pero cuando volvió a pasar por la ventana, una luz violeta nuevamente se encendió. Ahí le cayó la ficha de que las luciérnagas multicolores se habían exiliado el día de la lluvia de rocas, huyeron hacia el sur y nunca más se las vio por Hosmeade. Se asomó a la ventana, corriendo el polvo con su guante, y vio volando a una niña que irradiaba luz violeta, poca, pero se veía en la oscuridad de la noche. Tenía alas de ave, con plumas blancas, parecidas a las de un ángel, pero se notaba que no lo era. Llevaba puesto un vestido algo apolillado y sucio, y los pelos largos y sueltos bailando al son del viento.
Sus miradas se encontraron. La de Bleu confusa, y la de ella dulce y segura. La niña con alas alzó su mano hacia la ventana, insinuándole a Bleu que la abriera, le tomara la mano, y escapara de esa cárcel.
Bleu, como hipnotizado, abrió la ventana, y sin dudar ni un segundo tomó su suave mano y dio un salto hacia abajo, hacia el mar. El contacto de las manos generó una chispa que hizo que Bleu la soltara y cayera al presipicio. La fábrica era en la sima de la montaña, por lo que la caída fue larga, y le dio a Bleu para reflexionar ¿Por qué había confiado en una niña con alas? ¿Será que realmente existía o había alucinado? Ahora estaba cayendo e iba a morir. Pero antes de perder completamente la esperanza, en su espalda sintió pinchacitos, como si le estuviesen aplicando acupuntura, y de a poco los pinchazos fueron desapareciendo, sintiendo así un profundo alivio y placer. A sus costados vio asomarse un par de alas tan grandes y plumosas como las de la niña. De pronto lo rodeaba un resplandor azul. La caída cesó. Estaba flotando en el aire, verticalmente. De a poco se fue elevando, aprendiendo a dominar sus alas, hasta que llegó a donde se encontraba la niña violeta. Ésta le sonrió y le hizo seña de que la siguiera. Torpemente la siguió.
Aparentemente nadie en la fábrica notó lo sucedido, todos estaban demasiados encerrados y sin esperanzas, no esperaban nada positivo de la vida, y ésta no se los daría, ya que por lo que se empezaba era por creer en algo, por luchar y no dejarse vencer fácilmente como hicieron los habitantes de Hosmeade, sin rebelarse en el más mínimo aspecto de la vida.
-¡Me llamo Voyage!- gritaba la niña mientras volaban apresuradamente hacia un destino que Bleu desconocía.
-Yo Bleu...- dijo, y tambaleó-, ¿a dónde vamos?
-¡A buscar a Rouge!- gritó Voyage, y aceleró la marcha sin dejar hablar a Bleu.
Volando se asomaron al ranchito donde vivían. Rouge estaba mirando las estrellas cuando los vio bajar. Más sonriente que desconcertada, abrazó a Bleu, y Voyages le dio un chispazo haciendo qué ésta irradiara color rojo y tuviera sus alas.
Los tres volaron fugazmente hacia la torre en la montaña chata que Bleu observaba por la ventana de la fábrica.
El aterrizaje para Bleu y Rouge fue desastroso, cayeron mal y rodaron por el piso, pero poco importaba, estaban felices, sentían el aire fresco en sus rostros, estaban en un lugar sin hombres malos que los obligaran a vivir de pésima manera.
Voyages los introdujo brusca y rapidamente en la torre, y allí se llevaron una sorpresa: habían más criaturas, una verde, otra celeste, otra amarilla y otra naranja, que sumándole el azul de Bleu, el rojo de Rouge y el violeta de Voyage formaban los colores del arco iris. Los siete colores que tanta alegría habían dado a Hosmeade antes de la invasión. Los colores que unían a todas las criaturas, que las complementaba cuando estaban juntas. Por eso, al llegar a la torre, sintieron una vibración, una energía positiva nadando por sus venas, recorriéndolos de pies a cabezas.
Eran la representación de todos los habitantes de Hosmeade, eran la unión haciendo la fuerza.
Tras sentirse más fuertes que nunca, tan llenos de esperanza y energía para liberar a sus amigos de la cárcel que éste hombrecito les había creado, se tomaron todos de las manos y juraron poner lo máximo de sí mismos para que esa misma noche Hosmeade volviera a ser como lo fue en un principio, una montaña libre, donde la gente era muy feliz.
Se abrió la gran puerta por la que habían entrado, y salieron volando como estrellas fugaces, sin dar lugar a presentaciones ni nada por el estilo, ya que no eran necesarias porque todos sabían de qué se trataba.
Al llegar a la montaña encendieron al máximo sus luces para llamar más la atención y que todos los habitantes los vieran, y así fue. Los habitantes, melancólicos, al ver aquellos colores que tan hermosos recuerdos les traían, salieron de las fábricas y de sus ranchitos, mirando fija y felizmente a éstas siete criaturas, las cuales comenzaron a chispearlos con sus manos, devolviéndole los colores que les pertenecían, barriendo el triste gris que los bañaba.
Los habitantes arrancaron sus overoles y, observando sus manos, veían como el color les volvía y les daba la fuerza para seguir.
Cuando ya todos habían vuelto a sus colores originales, los soldados, confundidos, corrieron a avisarle al hombrecito panzón lo ocurrido. Éste dio la orden de ataque, pero cuando los soldados se dirigían a combatirlos, Bleu y Rouge se encargaron de chispearlos, devolviéndoles así su verdadero color que nunca habían conocido, porque el hombrecito los había opacado durante toda su vida para que no conocieran la felicidad y solo obedecieran sus órdenes como robotitos. Los soldados, conmocionados, se miraban entre sí. No lo podían creer. Las frías expresiones desaparecieron de sus caras, ahora sonreían y tiraban sus armas al mar. Estaban del lado de los habitantes de Hosmeade.
La montaña se llenó de criaturas violetas, azules, celestes, verdes, amarillas, naranjas y rojas concentradas en el parque central, listas para marchar juntas hacia donde vivía el hombrecito.
Al llegar ahí, éste las vio por la ventana. Se veía asustado, ya no tenía esa mirada de superioridad. Sus ojos estaban apoderados por el pánico. El hombrecito tenía mucha maldad en su cabeza, entonces se imaginaba qué le podrían llegar a hacer a él tantos seres en su contra. Imaginaba las peores torturas, hasta que unos ex-soldados entraron y lo sacaron hacia afuera. Lo pararon encima de un tronco quebrado y todos los habitantes lo chispearon al mismo tiempo.
Fue así como Hosmeada volvió a ser la feliz, tranquila y divertida montaña que era en un principio. Con ayuda de todos se pudieron liberar de un poder externo que los hacía infelices, porque cuando las personas se unen y luchan con un fin en común basado en el respeto, la tolerancia, la solidaridad, la paz y el amor, pueden vivir felices para siempre.
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Muy lindo el cuento Ko!
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